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Por Córdoba

Jesús María y Colonia Caroya, estancias, tradiciones y sabores

Dos ciudades, cada una con su personalidad, están ligadas a la región de las Sierras Chicas y son el portal hacia el histórico norte cordobés.

Por Robert Keegan.

Jesús María y Colonia Caroya están casi unidas, pero tienen sus diferencias. Cada uno, en la puerta al norte cordobés, ofrece desde recorridos históricos sorprendentes, gastronomía típica y paisajes de ensueño.

Hacemos un repaso por los principales atractivos de ambas localidades. 

Las estancias

Casa de Caroya. Si bien temporariamente no se encuentra habilitada para el turismo, vale la pena recordar que estas tierras fueron entregadas en merced a don Bartolomé Jaimes. Luego la estancia pasó por una serie de enajenaciones, tanto por ventas como por entregas en dote y herencias, además de un temporario abandono, hasta que la Compañía de Jesús las adquirió en 1616.

Caroya, o Caroyapa, se constituyó así en el primer establecimiento rural que tuvieron los jesuitas en Córdoba. Presumiblemente, el emplazamiento del original casco estuvo a unos 15 kilómetros al este de la actual ubicación, habiéndose realizado el traslado en búsqueda de mejores condiciones.

Estancia Jesús María (izquierda) y Casa de Caroya (derecha), ambas pertenecientes al legado jesuítico de Córdoba declarado Patrimonio de la Humanidad. (Keegan Ediciones)

Los jesuitas le vendieron la estancia al presbítero Ignacio Duarte y Quirós el 2 de agosto de 1661, quien la administró por casi tres décadas y propició la fundación del Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, hasta que en 1687 decidió donar sus bienes a la Compañía, destinando la estancia de Caroya al sostenimiento del Monserrat.

Una de las principales actividades en la estancia, además de las relativas a las acciones rurales, era recibir a los estudiantes del Convictorio de Monserrat. Allí, ellos pasaban las vacaciones y se iniciaban en los asuntos del campo. Duarte y Quirós falleció en esta estancia el 2 de febrero de 1703.

De estancia a fábrica de armas blancas: al ser expulsados los jesuitas en 1767, la estancia de Caroya pasó a ser dirigida por la Junta de Temporalidades.

Posteriormente, y hasta 1807, la Junta delegó la administración a los franciscanos, quienes también se hicieron cargo del manejo del Monserrat, cuyos alumnos seguían pasando sus vacaciones en Caroya, tal como fuera la voluntad de Duarte y Quirós en su testamento.

Luego del 25 de Mayo de 1810, las Provincias Unidas debieron enfrentar las luchas por la Independencia. Por entonces, quedaron funcionando fábricas de fusiles en Tucumán y Buenos Aires y se había instalado en la capital cordobesa una fábrica de pólvora. Pero faltaba un establecimiento productor de armas blancas que aprovisionara fundamentalmente de los sables y las bayonetas que el Ejército del Norte necesitaba.

Por diversas circunstancias la fábrica se instaló en Caroya, como por ejemplo su estratégica ubicación en proximidad del Camino Real al Alto Perú y el aprovechamiento de las construcciones de la época jesuítica.

En 1814, y durante este período fabril, se le incorporaron varias refacciones al primitivo casco, como toda el ala norte de dos plantas con torres para vigilancia.

Precariamente se instalaron las fraguas para elaborar los aceros destinados a las armas de los patriotas y también una espada para el entonces influyente caudillo de la Banda Oriental, José Gervasio Artigas. Si bien la espada para Artigas jamás llegó a sus manos, la misma se halla expuesta en Montevideo; en tanto una réplica se encuentra entre las colecciones del Museo de Caroya.

Hacia 1816, el gobierno central ordenó el cierre de la fábrica de armas blancas en Caroya, y las antiguas construcciones pasaron a albergar a un sinnúmero de personalidades de nuestra historia en su marcha por el Camino Real.

El ferrocarril y los colonos: en mayo de 1870 llegó a la ciudad de Córdoba el ferrocarril, iniciándose en 1873 el tendido del Ferrocarril del Norte que unía a Córdoba con Tucumán.

Cuando en 1874 Nicolás Avellaneda sucedió a Domingo Faustino Sarmiento en la presidencia, se incrementó la política inmigratoria propiciada desde la Nación.

En 1876 se produjo la inauguración de la totalidad del tramo ferroviario entre Córdoba y Tucumán, y en medio de la fuerte política de fomento a favor de los colonos, fue sancionada una ley que mandaba crear, entre otras, la Colonia en los campos de Caroya.

En marzo de 1878 llegaron los primeros colonos, fueron alrededor de trescientos, la mayoría provenientes de la región del Friuli en Italia, los que se establecieron provisoriamente en la estancia de Caroya hasta que se les asignaran sus parcelas y construyeran sus viviendas.

De esta manera, la Casa de Caroya fue testigo de los primeros tiempos de esos laboriosos extranjeros que levantarían la actual población de Colonia Caroya.

En 1941, la Casa de Caroya fue declarada Monumento Histórico Nacional, y en 1965, el gobierno provincial encabezado por Justo Páez Molina dispuso la expropiación de esta propiedad. 

Estancia de Jesús María - Museo Jesuítico Nacional. Lo primero que debemos resaltar es que la estancia está abierta al público de lunes a domingos de 16 a 20, con entrada gratuita. Si bien hay cupo para el ingreso de unas cinco personas por vez, dependiendo del grupo familiar o burbuja, no se realiza reserva previa; y se ha fijado un sentido de circulación, por lo que hay salas que están cerradas para que no haya cruce de personas.

Patio de la Estancia de Jesús María - Museo Jesuítico Nacional. (Keegan Ediciones)

Las tierras de Guanusacate: así llamaban los aborígenes al valle y al río próximos a la actual ciudad de Jesús María cuando el gobernador don Lorenzo Suárez de Figueroa asignó estas tierras al encomendero español don Pedro Deza, quien entre 1575 y 1576 construyó un molino y su vivienda.

De Guanusacate a Jesús María: el padre Diego de Torres fue el primer Provincial, quien ejerció este cargo desde 1608 hasta 1614, a quien lo sucedió el padre Pedro de Oñate.

Justamente bajo su administración, el padre Oñate compró para la Compañía las tierras llamadas Guanusacate al alférez real Gaspar de Quevedo, transacción que se llevó a cabo el 15 de enero de 1618.

Desde entonces, los jesuitas denominaron a esta propiedad, que tenía como finalidad el mantenimiento del Colegio Máximo, con el nombre de Jesús María y la pusieron bajo la protección de San Isidro Labrador.

La impronta jesuítica: los antiguos propietarios de este establecimiento rural ya habían plantado unas 20 mil cepas de vid y habían dejado un molino en funcionamiento, además de varias cabezas de ganado.

Los jesuitas fueron especialistas en la ubicación de sus construcciones, los niveles del terreno y el aprovechamiento del agua. Las primitivas edificaciones fueron de adobe y paja, las cuales se mantuvieron durante el siglo XVII, hasta que en el primer tercio del 1700 la mejor situación económica de la estancia posibilitó que se levantaran los edificios que han perdurado hasta nuestros días.

Las obras iban surgiendo paulatinamente, a punto tal que no habían sido íntegramente finalizadas al momento de la expulsión de la orden. La dirección de las obras estuvo a cargo del padre Giovanni Andrea Bianchi, quien residió en Córdoba entre 1729 y 1738, y fue secundado por otro ilustre arquitecto, el hermano Prímoli.

Los jesuitas potenciaron la producción vitivinícola, emblema de la estancia, desde donde salió el Lagrimilla de Oro, primer vino americano servido en la mesa de los reyes de España.

Promovieron también los molinos, los sembradíos de trigo y maíz, la fabricación de velas y sebo, curtiembre, telares y una magnífica huerta que proveía de frutas y legumbres.

La iglesia tiene el clásico acento del barroco colonial, dispuesta en forma de cruz latina, con una imponente cúpula y bellos detalles de decoración en sus techos. Su construcción se remonta a mediados del siglo XVIII, pero su fachada estaba inconclusa hacia 1767.

Durante la etapa colonia y de los albores de la Patria, la estancia albergó en más de una oportunidad a nuestros patriotas en su tránsito por el Camino Real.

La visita: el protocolo ha establecido un recorrido que comienza con la iglesia y la sacristía, para luego pasar a la planta alta a la sala de arqueología, fregadero, cocina, lugares comunes (baños) y desde allí seguir por el parque externo hasta el sector de la bodega.

Con el antiguo Camino Real a un costado, visitar la estancia nos permite hacer un viaje imaginario a nuestro pasado.

Principales atractivos de Colonia Caroya y Jesús María. (Keegan Ediciones)

Una vuelta por Jesús María

Siempre es conveniente pasar por la Oficina de Turismo, ubicada en la vieja estación del ferrocarril y consultar por diversas actividades (John Kennedy y calle Córdoba, cel.: 3525539014, www.jesusmaria.tur.ar).

Con la llegada del ferrocarril y el posterior loteo de estas tierras comenzó a forjarse el destino de la actual ciudad, la que nos ofrece algunos atractivos imperdibles para conocerla mejor.

Museo de la Ciudad Luis Biondi. Este museo, inaugurado el 30 de setiembre de 2014 y que lleva el nombre del historiador local, es precisamente un muy buen punto de partida para conocer más sobre Jesús María (horarios: de martes a viernes de 16 a 19; sábados, domingos y feriados de 17 a 20).

Museo de la Ciudad Luis Biondi. (Keegan Ediciones)

Ya entrar a la casona de fines del siglo 19 de la familia Ghersi, una de las tantas viviendas veraniegas que se levantaron en aquella época, es un regalo al alma.

En el ingreso uno se encuentra con los orígenes de la comarca, las estancias ganaderas, la labor de los jesuitas y el loteo impulsado por Pío León de la Villa Primera, que la Legislatura Provincial denominaría como Jesús María. En una interesantísima segunda sala la muestra invita a conocer el rol de las instituciones que moldearon a la ciudad como el Correo, la Parroquia, la Biblioteca, el Ferrocarril, la Escuela Graduada de Varones, La Gendarmería, la Sociedad Rural, El Banco de Córdoba, el Centro Comercial, el Hospital, la Sociedad Italiana y el Festival, entre otras. Además cuenta con una sala de conferencias y una importante hemeroteca. 

Torre Céspedes. Esta exótica construcción data de 1896-1898, y sus cuatro pétalos fueron mandados a por el inmigrante español Gabriel Céspedes, abogado, periodista político, empresario e intendente de Jesús María en el período 1910-1918.

El excéntrico edificio nos permite dimensionar las costumbres de las clases altas de la sociedad que tuvieron sus casas de veraneo en esta ciudad de Jesús María hacia fines del siglo 19 (horario: miércoles a domingo de 11 a 13 y de 15 a 20).

Torre Céspedes, toda una excentricidad en Jesús María. (Keegan Ediciones)

Museo del Festival de Doma y Folklore. Este espacio se ubica junto al predio del tradicional Festival surgido en 1965 y ofrece un recorrido por la historia y los orígenes del Festival. Se exhiben objetos y fotografías referidos a la jineteada y al legado de la música popular argentina, y también se puede adquirir diversos recuerdos en el Almacén del Festival. (Horarios: miércoles a viernes de 11 a 17; sábados, domingos y feriados de 9 a 12 y de 17 a 20).

El predio del Festival cuenta con una 3 hectáreas y una capacidad para 35 mil personal y el escenario Martín Fierro. En el campo de la jineteada es posible realizar paseos a caballo y en carruajes ($ 150 por persona, horarios: sábados de 18.30 a 20.30; domingos y feriados de 9 a 12 y de 18.30 a 20.30 horas).

Todo este sector de la calle Cleto Peña es un polo gastronómico y paso obligado del visitante.

Reserva Natural Parque del Oeste. Si la idea es hacer una caminata en contacto con la naturaleza, bien vale la pena recorrer este parque que es una porción de las Sierras Chicas en plena ciudad. Está abierto al público desde 2015 y si le interesa el avistaje de aves, no se va a defraudar pues se han identificado más de 100 especies (horarios: lunes a lunes de 9 a 18).

Parque del Oeste, un lugar imperdible para los aficionados al avistaje de aves. (Keegan Ediciones)

Si algo distingue a Jesús María es su tradicional gastronomía, pues se dice que aquí se come el mejor asado del mundo. Hay varias zonas gastronómicas que son corredores que se peatonalizan todos los sábados, domingos y feriados para disfrutar las nochecitas al aire libre, como la zona de la calle Cleto Peña. También a la vera de la ruta nacional 9, donde  sin dudas uno de los lugares más tradicionales es La Cautiva (ex Don Aristóbulo).

Christian y Carlos esperan con el fuego encendido y sus cortes en La Cautiva, aunque Carlos diga que después de medio siglo apenas aprendió a quemar la carne. (Keegan Ediciones)

Una vuelta por Colonia Caroya

Ingresar por la avenida San Martín, la antigua Calle Ancha, es siempre reconfortante. Este verdadero túnel verde, de unos 13 kilómetros de extensión, está conformado por casi 2.500 plátanos que fueron plantados inicialmente en 1915, y que en la actualidad sus troncos superan largamente el metro de diámetro.

Caroya recibe a todos con un túnel verde de 13 kilómetros conformado por centenarios plátanos. (Keegan Ediciones)

Es conveniente pasar por la Oficina de Turismo (en Plaza Avellaneda y en Ruta 9, tel.: 3525 465700/1206; coloniacaroyaturismo.gob.ar), y conocer por algunas actividades o realizar consultas.

Si bien no se puede visitar por ahora la Casa de Caroya, hay muchos atractivos para descubrir en la colonia, empezando por conocer sus orígenes, y eso nos lleva de dicha estancia jesuítica a una casa emblemática de la región y de la colectividad friulana.

Mueso Casa Copetti. Ya al llegar la impronta de esta vivienda rural productiva de fines del siglo 19 rompe muchos preconceptos. Al cruzar el parque Rogelio Lauret, es posible pensar que nos vamos a encontrar con una casa estilo chorizo, y nos topamos con una vivienda en forma de ele; al reparo del sur y del este, para atenuar las inclemencias del tiempo y optimizar la luz solar.

Casa Copetti, una joya que atesora la cultura friulana. (Keegan Ediciones)

La segunda sorpresa al ingresar por la galería es ver que la cartería es bilingüe, pero en español y friulano, como una noble y genuina manera de mantener las raíces de la colectividad (como el juego de la Mora… que el lector tendrá que pedir le expliquen allí).

Tal vez pasó inadvertido para el visitante la presencia del riego en la colonia, pero los oasis son producto del esfuerzo humano, y en este museo se puede tener contacto con la historia de las obras de los canales 1 y 2, Huergo y San Carlos respectivamente, que ayudaron a aquellas sacrificadas mujeres y laboriosos hombres de principios del siglo 20 a construir su lugar en el mundo.

Hay una sala, la más antigua de la casa, que se exhibe tal como era un dormitorio. A su lado, el área de trabajo en tres niveles, con un gradiente de temperatura y humedad: el solar, donde se faenaban los animales; el foledor, más fresco, donde se producía el vino con ayuda de los chicos –por su peso- que pisaban las uvas y no rompían las semillas, lo que traería aparejado un vino de sabor menos agradable; y, finalmente, el sótano, el freezer de la época.

Área de trabajo de la casa. El recipiente guardaba el agua bendita que cada tanto dejaba un sacerdote al paso. (Keegan Ediciones)

En el comedor es prudente detenerse a ver las decoraciones de la guarda y del cielorraso, con estrellas dibujadas con un fin religioso; los implementos de la vecina cocina, con sus recetas tradicionales; y hasta un biblioteca, también bilingüe.

Uno puede perder la noción del tiempo visitando este exponente de la friulanidad. (Horario: de martes a domingos y feriados, de 9 a 13 y de 16 a 19).

Bodega La Caroyense. Con sus 90 años de vida, es una de las bodegas más tradicionales y emblemáticas de Caroya surgida como una necesidad de 34 productores que se asociaron en cooperativa. El impronta del gran edificio, con reminiscencias de la fachada de la Catedral de Údine, se distingue entre los plátanos de la avenida San Martín. Actualmente es posible realizar visitas guiadas, con los protocolos del caso, y empezar a introducirse en este gigante que llegó a producir casi 30 millones de litros de vino al año (con la variedad Isabella o frambua como emblema), la recorrer las piletas en las que se guardaba el vino y conocer la actual producción de vinos y jugo de uva sin alcohol. Además de bodega, esta empresa es una destilería, que produce su tradicional grapa y una con toques dorados de miel. (Horario: de lunes a viernes de 8 a 13 y de 16 a 20; sábados y domingos de 10 a 20).

Piletones subterráneos, con doble pared y aislante de adobe, utilizados en La Caroyense. (Keegan Ediciones)

Iglesia Nuestra Señora de Monserrat. Este templo, de más de 125 años de vida, se destaca por sus dimensiones. Vale la pena ingresar y detenerse a observar los frescos que narran la historia de las penurias de los inmigrantes ante una epidemia de cólera y la promesa a la Virgen que derivó en la construcción de esta iglesia. 

Monumental iglesia de Nuestra Señora de Monserrat, resultado de una promesa. (Keegan Ediciones)

Agroturismo y sabores. La pandemia condiciona algunas actividades de estos establecimientos, como Fertilia o Chacra de Luna, que fundamentalmente los fines de semana abren sus puertas y reciben al turista. Poder conocer la producción de los animales de granja, hortalizas, frutales para finalmente degustar directamente en sus restaurantes es un verdadero placer.

Colonia Caroya cuenta con una amplia variedad de restautantes tradicionales. A las clásicas parrillas a la vera de la ruta, como El Faro, La Tiburcio o La Tablita, se le suman otros con cocina en general y especialidades en pastas como la Casa del Friuli, Macadam o Clementina.

También es posible visitar la bodega Terra Camiare (exbodega Nanini), con sus vinos de alta gama y elaborados con diferentes uvas cordobesas, y también probar algún plato gourmet en el restaurante que abre los fines de semanas.

Bodega Terra Camiare, con sus vinos de alta gama y tonada cordobesa. (Keegan Ediciones)

Finalmente, antes de la partida, no se puede dejar de llevar algún producto regional para seguir disfrutando de esta explosión de sabores: el salame es un producto distintivo de Colonia Caroya, junto con otros chacinados, al igual que la polenta blanca, vinos y quesos. Sabores de Caroya, Regionales Oliva, Mío Nonino o Finito son algunos de los sitios más recomendados.

Imposible dejar de pasar por algunos de los comercios de productos regionales. (Keegan Ediciones)

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