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Imperdibles

Salinas Grandes, el paraíso blanco de la puna

Una experiencia desafiante en un asombroso paisaje, diferente al más conocido de Jujuy. Para disfrutar del silencio y de la inmensidad.

Por Mariel Soria (Especial).

Si alguien nos menciona a Jujuy, es probable que nuestro primer pensamiento se llene de montañas de color ocre en contraste con aguayos de colores y el verde intenso de los cactus que adornan la provincia norteña. 

Sin embargo, a algunos kilómetros de Purmamarca un desierto extenso de sal cambia por completo el paisaje.

Salinas Grandes es el tercer salar más grande de Sudamérica, después del Salar de Uyuni en Bolivia y el Salar de Arizaro en Salta, con un área de 52 kilómetros cuadrados. Esta maravilla natural, una de las siete del país, se formó hace millones de años cuando la cuenca se cubrió por completo de aguas provenientes de un volcán. Luego, la paulatina evaporación de este líquido y sus componentes le dio forma a la costra de 30 centímetros sobre la que los visitantes gustan de caminar.

Llegar hasta este desierto blanco hace al encanto de la travesía. Si el viaje comienza en Purmamarca, está a sólo 66 kilómetros de distancia, 90 kilómetros de San Salvador de Jujuy y unos 200 desde Salta. Debe atravesarse la Cuesta de Lipán, además de subir a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.

La ruta se encuentra en buen estado y vale la pena hacer una pausa en el camino sinuoso para contemplar un paisaje totalmente distinto al de Tilcara, Humahuaca o Maimará. Es conveniente programar un día para la visita, ya que las curvas hacen lento el recorrido. No hay transporte público que llegue hasta las salinas, pero pueden contratarse excursiones o remises. La ruta nacional 52 –ideal para motoqueros que disfrutan de paseos grupales- es la misma que llega hasta el Paso de Jama fronterizo entre Argentina y Chile.

Paradas

La primera parada puede hacerse en el mirador de la Cuesta de Lipán, ubicado a 3.800 metros sobre el nivel del mar, desde donde puede verse el camino zigzagueante recorrido desde Purmamarca. Luego hay una visita casi obligada al monolito, punto de mayor altura del camino, a unos 4.170 metros sobre el nivel del mar.

El ingreso a las Salinas no tiene costo y solo se puede entrar caminando. Para llegar hasta los piletones naturales de agua turquesa y conocer el trabajo de extracción de sal es necesario asistir con guía en las camionetas preparadas y por los caminos señalizados. Algunas agencias también ofrecen caminatas con caravanas de llamas para recorrer el lugar.

Son muy populares las fotos de los turistas jugando con la ilusión óptica de las proporciones y perspectivas: personas paradas sobre las manos de otros, gente sentada dentro de sus zapatillas o suspendidas en el aire con un salto y los brazos elevados. También es el lugar del icónico cartel que marca las distancias a otros destinos del mundo como Roma, Londres o Nueva York y las grandes esculturas de sal.

Es recomendable para esta experiencia llevar protector solar alto, hojas de coca para la altura y abrigo, porque los vientos suelen ser fríos. Para quienes disfrutan de las compras, hay puestos de artesanos que venden objetos de sal y otros que ofrecen comidas al paso y algo fresco para beber. Las tortillas son la opción rápida antes de emprender un largo regreso.

En la inmensidad

Más allá de lo lúdico, hay algo que conmueve al visitar este lugar: la inmensidad. Semejante a la sensación que genera el mar, las cataratas o la cordillera vista desde un avión, la particularidad de este atractivo natural es que a la grandeza se agrega un silencio que solo es interrumpido por las voces lejanas de otros visitantes. Conviven en este lugar una sensación de calma y fragilidad. Los colores se tornan más vibrantes y el cielo tiene un azul incomparable con cualquier otro lugar.

Caminar por este suelo es todo un desafío. Hay partes más finas que pueden desprenderse con facilidad. Pero lo cierto es que, aunque parezca una actividad poco prometedora por tratarse solo de una llanura blanca en el medio de la nada para sacar una foto y volver después de un largo viaje, el lugar tiene un encanto del que solo queremos despedirnos cuando el sol comienza a picar de más.

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